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Bienvenido seas, lector o lectora, que entras en esta bitácora. Aunque estoy casi seguro de que no encontrarás aquí nada que te sea de gran utilidad o provecho, espero, o al menos deseo, que halles deleite y solaz con la lectura de alguno de sus textos. Por último, recibe por adelantado mi más sentida gratitud por tu amable atención y, si lo estimas pertinente, la molestia de redactar un sesudo comentario. Gracias.

El Autor: Francisco Javier Quintana Toret


Como ocurre en la práctica totalidad de las bitácoras digitales, en este espacio se acumulan de forma heteróclita las entradas individuales que se van produciendo. Su temática es de los más variada y cada una de ellas constituye una pieza aislada. No obstante, otras están relacionadas secuencialmente entre sí porque forman parte de un proyecto común. Cada entrada, en este particular caso, sería una especie de apartado o capítulo perteneciente a una única e indivisible obra. Para facilitar de forma rápida el acceso a las mismas, he considerado pertinente identificarlas bajo la denominación de "colecciones" ya que están realmente agrupadas dentro de un mismo repertorio. Desde esta página inicial el visitante será dirigido al comienzo de cada una de ellas. 
 COLECCIONES


CAPÍTULO 19: En el Duomo de Palermo


La rememoración de aquella lejana conversación, mantenida antes de iniciar el primer peregrinaje, el que los condujo hasta la abadía de Fontevrault, le produjo un intenso y fulminante dolor pues las esperanzadoras expectativas que suscitaron en su día se trasmutaron, demasiado pronto pensó Catherine mientras desde la borda del barco contemplaba la aproximación a Palermo, en decepción, alarma y temor. Había constatado con creces la futilidad de aquella primera y lejana salida -¡Dios santo, ya han transcurrido cuatro años! musitó para sí misma la joven dama- que,  lejos de procurar distracción y alivio en la obsesión paterna, intensificó todavía más la demencia de Julius Wicliff. Máxime, cuando con el paso de los años y la reiteración recidiva de los insólitos viajes, se evidenció que aquel, el fundacional, fue tan solo la etapa inicial de una siniestra y metódica peregrinación que, coincidiendo todos los años con la estación invernal, se renovaba de manera sistemática con la visita a una nueva estancia funeraria. Para entonces Catherine ya conocía con precisión el absurdo e incomprensible ritual. Su padre le exigía que se detuviera pues, solo él, debía aproximarse a la tumba donde, ejecutando extrañas ceremonias, recitaba unas no menos misteriosas e inefables letanías, acompañadas siempre de profusas genuflexiones, reverencias y cabeceos, que a ella le producían tanto miedo como estupefacción. Tales sentimientos eran los que volvía a experimentar ahora, angustiada de nuevo, tras desembarcar en la ruidosa Palermo y dirigirse a la vetusta catedral para rendir pleitesía a otro miembro del odioso círculo de los muertos leyentes. ¡Dios mío, el cuarto ya! –murmuró la enlutada dama mientras se estremecía en la gélida cripta de la catedral normanda. Esta vez, sin embargo, la hija violó el autoimpuesto voto de silencio; incapaz de contener su aguda crispación, mientras Julius le daba la espalda para aproximarse ante la tumba de Federico de Antioquía, lo interrogó, toda azorada, desde la distancia: 

- Padre, ¿cuándo acabará esta pesadilla que te arrastra a la locura y a mí me asfixia en la desesperación?, ¿En cuántos viajes más debo embarcarme todavía para clausurar esta lúgubre lista de sepulcros? ¡Por lo más sagrado, papá, créeme, ya no puedo más! Dime, por Dios, ¿qué buscas en estos terroríficos recintos? 

Las angustiadas preguntas, no por esperadas desde hacía tiempo, dejaron de provocar en el anciano un agudo dolor. Cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas y, llevándose ambas manos a la boca, sofocó un imperceptible e incipiente gemido. Sin embargo, tras unos momentos de intensa incertidumbre, dubitativo aún, Julius decidió a la postre mantenerse incólume en su implacable mutismo. Él hubiera deseado en ese momento de intenso desgarramiento interior volverse bruscamente, retroceder sobre sus pasos y estrechar entre sus brazos a Catherine. Sin embargo, ocultando su rostro desencajado, siguió dándole la espalda a la hija aunque entre apagados balbuceos murmurase con amargura y un susurro inaudible: ¡Lo siento, mi querida niña, no puedo hablar!


Y el caballero pensó:

Ya están aquí, fieles al compromiso anual, puntuales ejecutores de los términos pactados, imperturbables en la liturgia ¿acaso diré liturgia de la palabra, tal como repiten todos los días los sacerdotes de este vetusto templo? Sí, la nuestra también es una liturgia del verbo, quizás maldita y execrable a ojos de los otros, pero no por ello menos vinculada a la palabra. Claro está que la nuestra no se limita a una sola, como la de los otros, que la adoran como sacrosanta, divina  y absoluta. Nosotros, en cambio, veneramos todas las palabras, las existentes, las que existieron, las que están por llegar, las imaginadas y las imaginables, el colosal y fabuloso torrente de vocablos producidos por los seres humanos. Todas sin excepción, desde las que se registraron en un trozo de barro, al principio de los tiempos, los tiempos fundacionales de la literatura, hasta la última que se inscriba, ya llegará ese aciago día, en el momento de la consumación. Nosotros no adoramos la Palabra, como los de arriba, sino que veneramos a todas ellas, en su inabarcable e infinita extensión. Estos dos lo sabrán cuando les llegue la hora, la hora de la tremenda y terrorífica plenitud, puesto está escrito, ¿acaso diré, con expresión tan fácil como vulgar, escrito con palabras de fuego? Yo sé que ingresarán en la orden, él ya lo ha decidido de forma consciente, pero ella también terminará por sucumbir. Eso también lo sé con certeza. Cada año vuela más cerca de la luminaria negra, el insondable abismo que a todos nosotros nos devoró.
 
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ANOTACIONES Y CUESTIONES

CAPÍTULO 17: En el Museo del Louvre



El nuevo viaje a Francia, a diferencia del realizado dos años antes para visitar la tumba de la reina Leonor, transcurrió bajo sombríos augurios y en un clima anímico que para la angustiada Catherine fue de profunda consternación. El temor y la impaciencia confluían en la dama para intensificar un innegable sentimiento de miedo ante la siniestra orientación que adoptaban los últimos acontecimientos relacionados con las obsesiones de su padre. Ante la presencia de la nueva sepultura, custodiada ésta en la Sala Richelieu del Palacio del Louvre, ya era evidente que todos los desplazamientos al extranjero formaban parte de una especie de macabra peregrinación cuyo destino final era la visita de un sepulcro donde, como ahora, el difunto siempre aparecía, de manera infalible, leyendo o con un libro entre las manos. Por lo demás, tras los extraños rituales que Julius oficiaba de forma tan minuciosa como hermética, siempre solo y prosternado ante la tumba de aquellos singulares muertos leyentes, ella comenzaba a intuir un fondo más perverso, incluso intensamente maligno, que desbordaba y superaba en grado sumo lo que en un principio consideró mera demencia. Muchos acontecimientos pretéritos, a menudo incomprensibles o extravagantes, analizados ahora bajo la perspectiva de esta lúgubre sospecha, empezaban a cobrar una nueva dimensión que inducía en Catherine, cada vez más asustada pese a sus denodados esfuerzos por dominar las emociones, un sentimiento de auténtico pánico.    

Mientras su padre se aproximaba ante la nueva escultura funeraria, ella permaneció rezagada sin recibir instrucción alguna -ya comenzaba a estar familiarizada con el enigmático ritual- al tiempo que cavilaba sobre el inquietante sesgo de los últimos acontecimientos. Las extrañas visitas que tan esporádicamente arribaban en Saint Albans, sospechaba ahora la atemorizada hija con creciente convicción, se perfilaban como piezas sustanciales de aquella misteriosa confabulación que, lejos de limitarse a una erudita tertulia de bibliófilos empedernidos, círculo elitista que incluía a su propio padre, ocultaba propósitos mucho más aviesos. Ella era todavía incapaz de comprender con plenitud, y menos aún de explicar con un discurso racional e inteligible, el sentido último que ocultaban tan crípticamente aquellos simposios, sin embargo su aguda intuición le advertía de una omnipresente y latente maldad en las cómplices miradas de sus protagonistas. Las ocasiones en las que, siendo todavía muy joven, compartió mesa y mantel con aquellos huéspedes, presenció conversaciones acaloradas, debates enjundiosos y disputas apasionadas, ahora lo recordaba con sorprendente claridad, en las que, indefectiblemente, siempre concluían en una idea obsesiva y monotemática que hermanaba profundamente a los extravagantes contertulios. Catherine, haciendo un esfuerzo de rememoración, comenzó a rescatar de su memoria retazos de aquellas veladas en las que Edmund Forrester afirmaba la insólita posibilidad de leer todos los libros del mundo, beber en todas las fuentes bibliográficas generadas por la humanidad desde el descubrimiento de la escritura, acceder a una biblioteca universal que custodiaba todos los volúmenes, los pretéritos, los presentes e incluso los textos innatos del futuro. Ese templo intemporal, infinito y eterno donde se custodiaba toda la literatura imaginable, tanto la humana como la inhumana, ya fuera divina o diabólica, era anterior a la propia creación de la estirpe de Adán y seguiría existiendo tras el fin de los tiempos. Solo algunos privilegiados, pertenecientes a diferentes etapas históricas, habían conseguido entrar en tan singular y maravillosa estancia a través de una secretísima secta de iniciados que, de generación en generación, traspasaban las claves, herméticas, para ingresar en el exquisito y selecto círculo esotérico de la Biblioteca… -¿Cómo denominaba Forrester aquella fabulosa y mágica estancia?, intentaba recordar la joven dama, ¿de Alejandría, de Babilonia?,…¿cuál era el nombre, Señor? De semejante guisa se interrogaba Catherine buscando afanosamente una palabra que, ella lo sabía, permanecía velada pero indeleble en el fondo de su memoria infantil hasta que, por fin, se reveló en toda su plenitud: ¡Ah, ya me acuerdo, exclamó con vehemente exaltación, la Biblioteca de Babel! 
 
Y la dama pensó:

“Como era de esperar, la niña afina cada vez más en sus dubitativas reflexiones y, aunque con paso incierto, no cabe duda de que se aproxima con premura hasta el borde del abismo. Ese abismo, bien lo sé yo, que a todos nosotros atrajo fatalmente con su irresistible seducción hasta precipitarnos dentro de sus laberínticas y desoladoras entrañas. La reina sintió por un breve lapso un estremecimiento parecido a la compasión. ¿Y yo?, ¿queda en mí todavía un postrero pozo de misericordia? No lo sé, mas tampoco me importa mucho pues nada puede conmoverme ya en esta eterna y opresiva cárcel en la que está exiliada, con perpetuo decreto, la consoladora esperanza. Más allá de un ligero e imperceptible temblor, ¿quizás un liviano momento de algo parecido al interés?, mi hastío y cansancio es tan rotundo y demoledor como el de los otros. ¿Acaso ignoramos todavía, después de tanto tiempo, que toda acción es inútil y constituye a la postre un fracaso metafísico? No hay más ley que la del destino y solo los necios, por ignorantes o contumaces, osan negarlo. Así pues, asistamos impávidos, imperturbables e insensibles ante la danza fatal de esta delicada mariposa de la noche y ¡cúmplase la ley del karma!    


ANOTACIONES Y CUESTIONES

CAPÍTULO 18: La aparición del doctor Jonhson

Desde su llegada, siendo todavía una niña, a la mansión campestre de Saint Albans, la existencia de Catherine quedó vinculada casi de forma exclusiva a la de su tío y tutor, Julius Wicliff. Tras los trágicos acontecimientos del aciago año de 1861, el señor había adoptado un estilo de vida retirado así como una extremada pasión orientada, obsesivamente, al acopio de libros para enriquecer su espléndida biblioteca. Aquella obstinada y febril fijación lo fue transformando en una persona taciturna y melancólica, cada vez más propensa al enclaustramiento dentro de la mansión y, a pesar del profundo amor que sentía por su amada hija, ajeno e inconsciente del perjuicio que provocaba su desequilibrada conducta en la tierna criatura. Por ello la adolescencia y primera juventud de Catherine discurrió en aquel imponente edificio en un ambiente silencioso, reposado e introspectivo, carente de la necesaria presencia de otros jóvenes y de adultos, aparte de los preceptores, la servidumbre y, muy esporádicamente, algunas misteriosas visitas que solían mantener dilatas conversaciones con un Julius cada vez más desentendido de la administración doméstica. 

Fue así como ella, joven, seria y con un alto grado de su responsabilidad filial, fue asumiendo paulatinamente las competencias que su padre iba delegando, o sencillamente abandonando, en la dirección de aquella casa. Así pues, no resulta extraño que a sus treinta y dos años ya se comportara  como la auténtica señora de Saint Albans´s Cottage, asumiendo la intendencia del hogar e incluso la gestión del patrimonio financiero que sustentaba la insania bibliopatía de su padre. Sin embargo, a pesar de su creciente preocupación, era incapaz de enfrentarse abiertamente con Julius, a quien veneraba con sincera devoción desde que se instaló, tan pequeña y desvalida, en aquella alejada hacienda rural. Ese cariño incondicional explicaría que lo secundara, aunque vigilante y angustiada, en aquellos incomprensibles proyectos que, desde hacía tiempo, iban más allá del comercio bibliográfico. Ella culpaba a los libros o, más bien, a la tenaz obcecación de su padre por acopiarlos en la mansión campestre con un apasionamiento, desmesurado a todas luces, que generaba entre los moradores de la casa un doloroso desasosiego y en el vecindario una irónica burla no exenta de jocosa maledicencia. Sin querer reconocerlo con absoluta sinceridad, ahora que preparaba con redoblada reticencia el cuarto de esos ominosos y macabros viajes, -viajes que su padre se empeñaba en realizar cada año, coincidiendo siempre con el solsticio de invierno, para visitar monumentos funerarios donde, como elemento nuclear de tan extraña e inquietante atracción, aparecía la escultura del difunto leyendo un libro- la cuestión, así lo rememoraba ahora, ya se había planteado varios años antes durante la visita del doctor Johnson, uno más de aquella nutrida nómina de médicos -todos pomposos y fatuos- que fueron consultados por la joven dama. Samuel Johnson, sin embargo, lejos de militar en la caterva de los inútiles facultativos habría de convertirse en alguien crucial y entrañable en la existencia de Catherine. 
     
 - La bibliofilia del señor Wicliff, le dijo, ha devenido, lamentablemente, en bibliopatía y me temo que su tío, al igual que le ocurriera a don Alonso Quijano, también será una víctima de los libros por extremar esa pasión estrafalaria hasta el paroxismo. 

 - Desde mi infancia yo soy una asidua lectora, doctor, y no por ello me considero una persona perturbada –respondió la señora, con cierto matiz de indignación en su réplica, al verse comprometida en la defensa de su querido padre pese a coincidir en el preocupante diagnóstico formulado por el galeno-. Muy por el contrario –prosiguió con un tono más conciliador- creo que gracias a ellos, me refiero a los libros, no sucumbí en la amargura y la desesperación que se hubiera esperado de alguien, usted lo sabe bien, que, como ocurriera en mi infancia, fue tan duramente castigada por las desgracias familiares.
   
 - Cierto, señorita Wicliff, le ruego que disculpe mi torpe observación –se apresuró a decir el azorado interlocutor con el deseo de excusarse y congraciarse con aquella mujer que, sin ser extraordinariamente bella, ejercía sobre él una inefable atracción- aunque…, no me refería tanto a la lectura compulsiva como a las consecuencias patológicas que genera toda conducta obsesiva. El caso de su tío es emblemático y de dominio público pues, reconocerá conmigo, que el enclaustramiento del señor es ya una leyenda en la comarca y su categórico rechazo a cualquier tipo de vida social refuerza la impresión que antes he señalado. Aunque con tan poco tacto y por ello vuelvo a solicitar su perdón

 - Está perdonado, doctor, pues sé que su franqueza está impulsada por el sincero deseo de ayudar a mi… -Catherine, que estuvo a punto de decir “padre”, se autocorrigió con rapidez- querido tío para superar… ¿acaso debo decir locura, como la denominan los vecinos? 
 
 - Oh, vamos, señorita Catherine, -contestó condescendiente el joven y apuesto médico- entre un comportamiento compulsivo y la demencia, que es un término categórico, existe un amplio espectro de matices. Quizás nos enfrentemos a un simple caso de obsesión compulsiva que se podría combatir con descanso y, sobre todo, distracción. Estoy convencido de que al señor Wicliff le convendría un cambio de aires, frecuentar Londres, tal vez incluso viajar al extranjero. En fin, desarrollar cualquier otra tarea que le permita por un tiempo alejarse de esta casa y de la perniciosa fijación bibliófila que se respira en ella También sería beneficioso para usted. 
 
 - Sí, puede que tenga razón y casi me parece una idea excelente. Me alegra realmente que la presente como una posible terapia pues, observe la feliz casualidad, estamos preparando justamente un viaje a Francia para el próximo invierno. Mi tío está muy ilusionado con la visita de la abadía de Fontevrault.


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