CAPÍTULO 5º: Lacrimosa dies illa

El día en el que el Charles Wicliff conoció la tremenda noticia que habría de llevarle, apenas unas semanas más tarde, a la tumba, aunque discurría una agradable e insólita jornada primaveral en las tierras galesas, el mundo se cubrió con un sempiterno manto negro para el soberbio magnate. Se había derrumbado sobre el sillón mientras aquel anónimo subalterno suyo hablaba con grandes aspavientos, trabucándose entre jipidos plañideros y zarandeando enérgicamente el arrugado periódico que apretaba con su puño. Cuando apenas recuperó parte de la conciencia perdida ya fue incapaz de percibir el mundo como hasta ahora lo había hecho. El hombre que emergió del desmayo había envejecido lo indecible, su vidriosa mirada apenas podía columbrar la realidad cotidiana y un aura demencial, como si fuera la grotesca y trágica máscara de un carnaval macabro, se impuso sobre su patricio rostro y se apoderó de su persona. Los rasgos de una indisimulada insania, no declarada de forma oficial por ningún certificado médico, resultaron sin embargo patentes para la opinión pública. La comunidad contempló atónita la conducta cada vez más desequilibrada de aquel prematuro y fulminante anciano que, entre balbuceos apenas inteligibles, tomaba decisiones estrafalarias. Los impulsivos mandatos de aquel hombre, antaño frío y calculador, se fueron sucediendo hasta el día en el que se paró definitivamente aquel corazón que había alimentado, durante sesenta y tres años, una voluntad sin fisuras y un coraje indómito e imperativo. Sic transit gloria mundi.



Entre las incomprensibles e injustificables extravagancias, pues como tal lo juzgó la elite bien pensante de Cardiff, el vetusto empresario decidió celebrar un réquiem en memoria de su primogénito, su mujer e hijos. Si resultó chocante la apremiante contratación ¡de toda una orquesta y su respectivo coro!, cuya onerosa facturación sobrepasaría con desmesura los límites de un duelo razonablemente digno y llevado con circunspecto  decoro; no fue menos escandaloso que aquel paladín de la iglesia nacional de Inglaterra, obviara la catedral anglicana para celebrar la solemne función litúrgica en un templo católico. No es de extrañar que gran parte de la oligarquía galesa declinara entrar en aquel recinto papista, cargado de imágenes idolátricas. Pero Wicliff, un esclavo de la reputación y la correcta apariencia, era ya totalmente ajeno a las críticas. El senil anciano escuchaba la patética creación mozartiana y a menudo, casi en un trance febril y delirante, veía imágenes dantescas de aquel funesto naufragio que le arrebató a su querido Williams. El eficaz primogénito a quien, tras una dura y despiadada doma, había preparado para sucederle como capitán de sus empresas.


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ANOTACIONES Y CUESTIONES
         

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