CAPÍTULO 6º. El tío Julius

Al levantarse de la tibia cama sintió, como si fuera el súbito zarpazo de una sigilosa fiera, el impacto del frío. Pese al temblor incontenido se dirigió hacia el amplio ventanal de su no menos extenso dormitorio –innecesariamente grande, pensó- y allí descorrió las cortinas de terciopelo morado. Fue entonces cuando comprendió, al vislumbrar la densa y pesada niebla matutina, la causa de tanta desazón. El malestar no era solo físico y de origen ambiental; ella sabía que emergía de su interior y por un momento se ensimismó con la idea de que el turbio amanecer que contemplaban sus ojos era una proyección coherente de su íntima melancolía. Catherine recordó que su llegada a Saint Alban´s Cottage tuvo lugar en un día parecido. En aquella tristísima jornada también la espesa madeja evanescente cubría el paisaje como si fuera una desaliñada y sudada mortaja. Cuando entró en el colosal vestíbulo de la mansión acompañada por aquel adusto tutor para entregarla a su tío Julius, la niña arrastraba consigo la inconsolable congoja producida por su reciente orfandad. Considero casi capcioso recordar que había perdido a padres y hermanos en un naufragio, pero insolayable poneros en conocimiento de un nuevo y lacerante ultraje: la desatención de sus abuelos maternos. Nunca imaginaría en aquellas patéticas circunstancias que, con el paso del tiempo, llegaría a ser tan dichosa junto al dueño de aquella imponente casa. La pálida dama se volvió entonces de forma instintiva hacia su escritorio y cogió el retrato enmarcado en oro viejo de Julius Wicliff, su tierno y amado tío.


Una semana antes de que su familia se embarcara para Ciudad del Cabo, los abuelos maternos de Catherine, el reverendo Samuel Preston y su esposa Enma, tuvieron que hacerse cargo, muy a su pesar, de la niña. Contagiada de manera fulminante por el sarampión en Portmouth, el capitán del barco rechazó categóricamente su admisión en el pasaje para evitar un contagio. Fue inútil que Williams Wicliff rogara y suplicara a su tiránico padre una demora en el viaje africano; el corolario de aquella intransigencia fue que los padres de Anna hubieron de trasladarse urgentemente desde Londres para recoger a la enferma. Así fue cómo la familia Wicliff quedó escindida y durante tres largos y penosos años Catherine malvivió, bajo la severa custodia de aquella adusta pareja, sin que se le permitiera la más mínima concesión al sentimentalismo y la compasión. El profundo desgarramiento emocional de la niña fue ignorado entre reproches continuos por el perjuicio que causaba aquella indeseada huésped, a pesar de su condición de nieta, la severa educación victoriana, libérrima en castigos y parca en conocimientos, y el terror apocalíptico que tanto gustaba cultivar el hirsuto clérigo en sus sermones. Pues los días previos al oficio dominical, celebrado en una modesta parroquia de Whitechapel, el anciano ensayaba con voz atronadora la temible homilía escandalizando al vecindario y asustando a la pequeña. Catherine llegó a ser una experta en el repertorio de los castigos infernales gracias a la facundia escatológica de su abuelo; una pericia que se intensificó hasta el horror cuando cayó en sus manos un ejemplar de La Divina Comedia ilustrado por Gustave Doré. Nunca olvidaría los grabados de aquel libro que muchos años más tarde mandó encuadernar.  

LA DIVINA COMEDIA on PhotoPeach


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ANOTACIONES Y CUESTIONES

 

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