CAPÍTULO 11: Absalón, Absalón



Cuando Julius cumplió los veintiún años, su padre juzgó concluida la etapa de formación mercantil y le comunicó su inmediata incorporación, ya como empleado, en una de las minas que la firma poseía en Escocia. El segundo hijo debía seguir el mismo itinerario de aprendizaje empírico que, muchos años antes, inició el primogénito. Pero el viejo magnate, acostumbrado a la sumisa docilidad del mayor, quedó perplejo ante la obstinada negativa del menor para comenzar el cursus honorum en la praxis empresarial. La cólera del viejo alcanzó proporciones apopléjicas y la rabia se agudizaba a medida que, una tras otra, erraban en sus propósitos coactivos las tremendas amenazas que iba salmodiando como si oficiara un ritual de excomunión. La furia de Charles Wicliff se encendió todavía más al conocer la causa de aquella intolerable rebeldía: ¡su hijo quería estudiar en Oxford lenguas clásicas! La disputa concluyó con la fulminante expulsión del despacho desde donde el iracundo anciano lanzaba sus últimas imprecaciones.

Durante los siguientes días el viejo magnate empezó a cavilar el castigo que debía imponerse al díscolo hijo pues la sanción, vociferaba con profunda indignación, tenía que alcanzar una magnitud punitiva acorde con la gravedad del pecado. Tras barajar diferentes correctivos, decidió dar instrucciones a su agente en España para que colocara a Julius, rebajado a la condición de mero contable, en una de las minas que poseía en aquel país exótico, desértico y semisalvaje. En tales preparativos se encontraba enfrascado el anciano cuando una visita, juzgada como providencial, vino a salvar a Julius del exilio, satisfacer en parte sus expectativas y, a la postre, encauzar su vida por unos derroteros insospechados. Los padres de Anna, que se habían encargado de buscarle casa en Londres ante el inminente traslado de Williams a la capital, venían a ultimar los detalles del arriendo y allí pudieron contemplar, como testigos justamente indignados, la enconada disputa entre padre e hijo. El reverendo Samuel Preston, que apoyó incondicionalmente a su consuegro, influyó sin embargo persuasivamente para alterar la naturaleza del castigo. Ahora tendría que elegir entre el exilio o los estudios en Oxford, pero no de filología clásica, sino los teológicos pues el rebelde Absalón, así lo estigmatizaba el sarcástico sacerdote, sería forzado a ingresar en la carrera eclesiástica bajo su directa tutoría y severa custodia. Una tarea, columbraba el codicioso clérigo, que habría de reportarle algunos emolumentos del plutócrata galés. Julius claudicó con súbita docilidad ante aquella disyuntiva sorprendiendo de paso a los miembros de la familia. 

A pesar del acuerdo, Charles Wicilff nunca perdonó la afrenta filial y siempre exteriorizó la censura paterna a pesar de que ocultaba en su interior la satisfacción de aquella imprevista salida del conflicto. La medida se compadecía con sus crecientes aspiraciones de ennoblecimiento y por ello elucubraba con el futuro de su hijo viéndolo convertido en obispo de la Iglesia Anglicana. Sin embargo, los hipócritas reproches del padre hicieron mella en el joven Julius, apesadumbrado desde entonces por el sentimiento de una culpabilidad que, años más tarde, se agudizaría de manera patológica cuando, ya señor de Sain Albans´Cottage, liquidó las empresas del magnate. No solo afrentó a su padre en vida -pensaba obsesivamente- sino que lo traicionó incluso después de muerto. 

Estos sentimientos corrosivos afloraban con creciente virulencia  y explicarían intensas conmociones como la experimentada, años más tarde y en presencia de Catherine, en una velada operística de infausta memoria. En aquella ocasión se representaba Don Giovanni con una escenografía atrevida pues los personajes del drama mozartiano aparecían ataviados con indumentarias coetáneas. La zozobra de Julius era creciente y llegaría al paroxismo durante la escena en la que el comendador, salido de su tumba, entra en la casa del licencioso hijo para lanzarle el terrible envite. Estupefacto, sudoroso y con ojos desorbitados, contempló, atónito, las imprecaciones de su propio padre por sus imperdonables felonías.


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