CAPÍTULO 12: Vidas truncadas

Catherine abrió el último ejemplar de una dilatada serie de cuadernos, todos del mismo formato y con portadas similares, cuyo repertorio comenzó con aquel primero, forrado en terciopelo rojo y adornado con filigranas doradas, que le regalara su tío recién llegada a la mansión. Buscó la última página escrita y pasó la hoja para anotar su útimo pensamiento:


En aquella lejana ocasión, mientras desayunaban en el comedor, Julius observó a su hija -¿acaso necesita el lector que se le recuerde a estas alturas de la narración que la delicada niña no era sobrina, tal como aparecía ante el mundo, sino el fruto de su apasionado y efímero amor estival con Anna?-. La vio menguada y retraída; por eso se levantó de la mesa para volver inmediatamente con un precioso libro que puso delante de la pequeña.

-     Toma, Catherine, esto no es un diario sino un cuaderno de anotaciones personales. Cada vez que te sientas triste o sola, escribe en él con plena libertad tus sentimientos. Yo lo hago con frecuencia porque has de saber, pequeña, que las palabras, tanto escritas como habladas, tienen una maravillosa capacidad terapéutica.

¿Qué es terapéutica, tío Julius?, preguntó la niña.

- Espera un momento, enseguida vuelvo. Cuando regresó se aproximó a la pequeña con otro libro, pero más grueso, que depositó sobre el mantel. Este diccionario también será tuyo y por eso debes llevártelo a tu cuarto. Cuando estudies por obligación, leas por placer o escribas por necesidad, simpre debes usarlo para aprender el significado de los términos desconocidos. Ahora, querida, comencemos con la primera tarea indagando lo que encierra esta extraña palabra. Catherine, con manos aún inexpertas, tardó en localizar el extraño vocablo pero cuando fue descubierto leyó en voz baja “la terapéutica se encarga de la forma de tratar las enfermedades para procurar la curación”.

Desde aquella lejana mañana hasta la presente, Catherine había tenido ocasión de completar muchos breviarios que, enfilados con riguroso orden cronológico, se custodiaban en un anaquel de la amplia librería que cubría las paredes de su dormitorio. Fiel ejecutora de los consejos de su padre, durante muchos años, quizás demasiados -pensó en el acto- había invertido en ellos muchas frases esperando rentabilizar su efecto balsámico y sanador. El volumen actual, en el que acababa de escribir tan sentido pensamiento, estaba todavía inconcluso. Antes de retomar la pluma para desarrollar la idea plasmada, reflexionó con profunda melancolía sobre las vidas que había truncado el despiadado destino con aquel rotundo y cruel zarpazo de 1861.
 

 FIN DE LA PRIMERA PARTE

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