CAPÍTULO 8º: El juego de cartas


A medida que Julius leía la ofensiva y amenazadora misiva del reverendo Preston una rabia súbita e incontenida fue cristalizando en su crispado rostro, encendido ahora con el arrebol de la indignación. El primer impulso fue despedazar con sus enrabietadas manos aquella epístola tan insultante para él como lacerante para la memoria de su amada Anna.

- ¡Viejo hipócrita, endemoniado simoníaco –rezongaba el señor de la mansión de  forma entrecortada pero con vesánico furor-. Maldito seas siete veces siete, tú y toda la ralea de pérfidos levitas en la que militas!

Sin embargo fue lo suficientemente disciplinado para concluir la dolorosa lectura y, al finalizarla, recapacitando sobre el primitivo arrebato de ira, empezó a reflexionar sobre la irreparable torpeza que hubiera supuesto la destrucción del repulsivo documento. A fin de cuentas, pensó más calmado ya, la correspondencia del inflexible clérigo, pese a su corrosivo mensaje, no dejaba de anunciarle una buena nueva largamente anhelada. La entrega y custodia definitiva de su querida hija. Pero la ira irrumpió de nuevo en sus azarosas reflexiones al recapacitar, así lo dejaba explícito el infausto convenio suscrito con el sacerdote, sobre la imposibilidad de pronunciar la palabra hija al dirigirse a su propia hija. No obstante, siguió pensando, es posible que el tiempo jugara a su favor y cuando Samuel Preston bajara a los infiernos, una idea rencorosa que le resultaba deleitable en grado sumo, podría reconocer por fin a Catherin proclamando, urbi et orbe, su paternidad. 

- ¡Dios lo permita -comenzó a farfullar en voz audible, como si en la habitación estuviera presente algún interlocutor de carne y hueso- más pronto que tarde, y acabe con esta penosa y angustiosa clandestinidad! 

Mientras continuaba hilando estos intempestivos razonamientos, se levantó del sillón para dirigirse a la estantería que cubría la pared situada frente al magnífico escritorio, una pieza singular tallada en caoba y decorada con taraceas de matfil y nácar, que adquirió en su día  el soberbio Charles Wicliff, su padre. Abrió con una diminuta llave plateada, de la que no se desprendía jamás, la puerta central de un antiguo bargueño castellano, “otra estrafalaria y presuntuosa adquisición del viejo”, iba diciendo para sus adentros, y extrajo la caja que él denominaba íntimamente como el juego de cartas. Julius custodiaba allí las piezas de un dramático repertorio epistolar que, trascendentales todas aquellas cartas, habían marcado con un fuego imperecedero su vida y su destino. Al depositar la misiva del reverendo Preston topó inadvertidamente con aquella otra, desgarradora, en la que Anna le suplicaba, por el bien de sus hijos, acabar con la relación amorosa que los había ligado en el pasado. Un tiempo pretérito que ya se columbraba como remoto. La cogió, dubitativo y tembloroso, para llevársela finalmente consigo y retornó de nuevo al escritorio. Allí se arrellanó para iniciar una lectura que, lo sabía con fatídica convicción, habría de provocarle, como si fuera una mixtura agridulce, placenteros recuerdos pero también una dolorosa rememoración. 

Cuando Julius concluyó la lectura cerró los ojos con fuerza intentando frenar las amargas y ardientes lágrimas que, desbordadas sin contención, franquearon el paso a un ingobernable llanto. Apagó entonces la lámpara y, refugiado en la penumbra crepuscular que iba envolviendo el despacho, se dejó arrastrar lentamente hacia un ensimismamiento profundo. La memoria, implacable, desempeñó su tiránico imperio rescatando las imágenes de aquel inolvidable verano en las brumosas costas de la Bretaña francesa. 


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