CAPÍTULO 9º: Hogar, dulce hogar



La madura y taciturna Catherine Wicliff no era muy propensa a trasladarse a Londres, sin embargo, cuando el viaje a la capital era insoslayable, unas veces buscando el placer cultural -aunque estas ocasiones eran cada vez más esporádicas- y otras, las más frecuentes, para ultimar contratos bibliográficos, siempre se alojaba en la querida vivienda de Belgravia. El breve periodo que vivió allí con su hermano y sus padres constituía uno de los recuerdos más emotivos y entrañables de la actual señora de Sain Albans´s Cottage, no obstante, los sentimientos que afloraban al franquear el pequeño pórtico de la vivienda no dejaban de ser contradictorios. La memoria no es tan selectiva como algunos pretenden y el recuerdo gozoso, pues Catherine fue muy feliz en aquella alegre e iluminada casa, se mezclaba de forma ineludible con el postremo dolor que acarreó la dramática escisión de su familia. Ella se esforzaba por enterrar ese agudo desgarramiento provocado, una vez más, por el despiadado abuelo Wicliff cuando envió a sus padres, de manera imperativa, al continente africano. Antes de aquella funesta orden, pues ya nunca más volvería a verlos con vida, los días de Belgravia discurrieron, por fin, en un clima apacible y risueño. Lejos quedó la triste y angustiada existencia con el abuelo en la imponente mansión galesa y, justamemte por eso, se deleitaba rememorando la etapa de dicha que siguió al abandono de Cardiff. Pese a los vanos intentos por refrenarse, siempre que se aposentaba en el domicilio londinense, la casa obraba en ella un efecto de taumatúrgica invocación. A Catherin, sola en el salón, sentada junto al fuego del hogar, en la penumbra crespuscular le bastaba entronar los ojos para columbrar la llegada de sus queridos y odiados parientes.

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Su madre experimentó una mutación palmaria puesto que muy pronto dejó de ser aquella mujer angustiada y deprimida que se arrastraba como alma en pena por la mansión galesa. Anna, para asombro de todos, asumió con insólita e inopinada energía el papel de señora y, aparte del voluntarioso tesón con el que acometió la organización doméstica, también comenzó a desarrollar una vida social propia. Ahora salía frecuentemente de visita, acudía por primera vez a los actos culturales que realmente le apetecían, cultivó nuevas amistades y, por encima de todo, volcó toda su amorosa atención sobre sus dos hijos y un esposo con el que tenía contraída una deuda inconfesable. 

La metamorfosis de Williams Wicliff no fue menos espectacular que la de su mujer. Nunca llegó a conocer el efímero episodio de infidelidad conyugal consumado en aquel lejano estío bretón y tampoco supo jamás que su hija, Catherine, era realmente su sobrina. Sí es verdad que le extrañó el distanciamiento de su hermano Julius, tan querido en la familia, así como la minoración de las visitas al nuevo hogar londinense. Atribuyó semejante circunstancia a las exigencias académicas generadas por los estudios teológicos de Oxford, carrera que su hermano se vio impelido a cursar tras una épica polémica que lo enfrentó con el patriarca galés. Sin embargo, ningún contratiempo puede ensombrecer el vehemente entusiasmo de aquellos que se implican en un letífico empeño. Williams Wicliff, desde que fue desplazado a la capital por su ominoso progenitor, era uno de esos selectos afortunados porque él, el primogénito servil, tenía un proyecto que guardaba en lo más hondo de su corazón.     


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