CAPÍTULO 18: La aparición del doctor Jonhson

Desde su llegada, siendo todavía una niña, a la mansión campestre de Saint Albans, la existencia de Catherine quedó vinculada casi de forma exclusiva a la de su tío y tutor, Julius Wicliff. Tras los trágicos acontecimientos del aciago año de 1861, el señor había adoptado un estilo de vida retirado así como una extremada pasión orientada, obsesivamente, al acopio de libros para enriquecer su espléndida biblioteca. Aquella obstinada y febril fijación lo fue transformando en una persona taciturna y melancólica, cada vez más propensa al enclaustramiento dentro de la mansión y, a pesar del profundo amor que sentía por su amada hija, ajeno e inconsciente del perjuicio que provocaba su desequilibrada conducta en la tierna criatura. Por ello la adolescencia y primera juventud de Catherine discurrió en aquel imponente edificio en un ambiente silencioso, reposado e introspectivo, carente de la necesaria presencia de otros jóvenes y de adultos, aparte de los preceptores, la servidumbre y, muy esporádicamente, algunas misteriosas visitas que solían mantener dilatas conversaciones con un Julius cada vez más desentendido de la administración doméstica. 

Fue así como ella, joven, seria y con un alto grado de su responsabilidad filial, fue asumiendo paulatinamente las competencias que su padre iba delegando, o sencillamente abandonando, en la dirección de aquella casa. Así pues, no resulta extraño que a sus treinta y dos años ya se comportara  como la auténtica señora de Saint Albans´s Cottage, asumiendo la intendencia del hogar e incluso la gestión del patrimonio financiero que sustentaba la insania bibliopatía de su padre. Sin embargo, a pesar de su creciente preocupación, era incapaz de enfrentarse abiertamente con Julius, a quien veneraba con sincera devoción desde que se instaló, tan pequeña y desvalida, en aquella alejada hacienda rural. Ese cariño incondicional explicaría que lo secundara, aunque vigilante y angustiada, en aquellos incomprensibles proyectos que, desde hacía tiempo, iban más allá del comercio bibliográfico. Ella culpaba a los libros o, más bien, a la tenaz obcecación de su padre por acopiarlos en la mansión campestre con un apasionamiento, desmesurado a todas luces, que generaba entre los moradores de la casa un doloroso desasosiego y en el vecindario una irónica burla no exenta de jocosa maledicencia. Sin querer reconocerlo con absoluta sinceridad, ahora que preparaba con redoblada reticencia el cuarto de esos ominosos y macabros viajes, -viajes que su padre se empeñaba en realizar cada año, coincidiendo siempre con el solsticio de invierno, para visitar monumentos funerarios donde, como elemento nuclear de tan extraña e inquietante atracción, aparecía la escultura del difunto leyendo un libro- la cuestión, así lo rememoraba ahora, ya se había planteado varios años antes durante la visita del doctor Johnson, uno más de aquella nutrida nómina de médicos -todos pomposos y fatuos- que fueron consultados por la joven dama. Samuel Johnson, sin embargo, lejos de militar en la caterva de los inútiles facultativos habría de convertirse en alguien crucial y entrañable en la existencia de Catherine. 
     
 - La bibliofilia del señor Wicliff, le dijo, ha devenido, lamentablemente, en bibliopatía y me temo que su tío, al igual que le ocurriera a don Alonso Quijano, también será una víctima de los libros por extremar esa pasión estrafalaria hasta el paroxismo. 

 - Desde mi infancia yo soy una asidua lectora, doctor, y no por ello me considero una persona perturbada –respondió la señora, con cierto matiz de indignación en su réplica, al verse comprometida en la defensa de su querido padre pese a coincidir en el preocupante diagnóstico formulado por el galeno-. Muy por el contrario –prosiguió con un tono más conciliador- creo que gracias a ellos, me refiero a los libros, no sucumbí en la amargura y la desesperación que se hubiera esperado de alguien, usted lo sabe bien, que, como ocurriera en mi infancia, fue tan duramente castigada por las desgracias familiares.
   
 - Cierto, señorita Wicliff, le ruego que disculpe mi torpe observación –se apresuró a decir el azorado interlocutor con el deseo de excusarse y congraciarse con aquella mujer que, sin ser extraordinariamente bella, ejercía sobre él una inefable atracción- aunque…, no me refería tanto a la lectura compulsiva como a las consecuencias patológicas que genera toda conducta obsesiva. El caso de su tío es emblemático y de dominio público pues, reconocerá conmigo, que el enclaustramiento del señor es ya una leyenda en la comarca y su categórico rechazo a cualquier tipo de vida social refuerza la impresión que antes he señalado. Aunque con tan poco tacto y por ello vuelvo a solicitar su perdón

 - Está perdonado, doctor, pues sé que su franqueza está impulsada por el sincero deseo de ayudar a mi… -Catherine, que estuvo a punto de decir “padre”, se autocorrigió con rapidez- querido tío para superar… ¿acaso debo decir locura, como la denominan los vecinos? 
 
 - Oh, vamos, señorita Catherine, -contestó condescendiente el joven y apuesto médico- entre un comportamiento compulsivo y la demencia, que es un término categórico, existe un amplio espectro de matices. Quizás nos enfrentemos a un simple caso de obsesión compulsiva que se podría combatir con descanso y, sobre todo, distracción. Estoy convencido de que al señor Wicliff le convendría un cambio de aires, frecuentar Londres, tal vez incluso viajar al extranjero. En fin, desarrollar cualquier otra tarea que le permita por un tiempo alejarse de esta casa y de la perniciosa fijación bibliófila que se respira en ella También sería beneficioso para usted. 
 
 - Sí, puede que tenga razón y casi me parece una idea excelente. Me alegra realmente que la presente como una posible terapia pues, observe la feliz casualidad, estamos preparando justamente un viaje a Francia para el próximo invierno. Mi tío está muy ilusionado con la visita de la abadía de Fontevrault.


ANOTACIONES Y CUESTIONES

No hay comentarios:

Publicar un comentario