CAPÍTULO 17: En el Museo del Louvre



El nuevo viaje a Francia, a diferencia del realizado dos años antes para visitar la tumba de la reina Leonor, transcurrió bajo sombríos augurios y en un clima anímico que para la angustiada Catherine fue de profunda consternación. El temor y la impaciencia confluían en la dama para intensificar un innegable sentimiento de miedo ante la siniestra orientación que adoptaban los últimos acontecimientos relacionados con las obsesiones de su padre. Ante la presencia de la nueva sepultura, custodiada ésta en la Sala Richelieu del Palacio del Louvre, ya era evidente que todos los desplazamientos al extranjero formaban parte de una especie de macabra peregrinación cuyo destino final era la visita de un sepulcro donde, como ahora, el difunto siempre aparecía, de manera infalible, leyendo o con un libro entre las manos. Por lo demás, tras los extraños rituales que Julius oficiaba de forma tan minuciosa como hermética, siempre solo y prosternado ante la tumba de aquellos singulares muertos leyentes, ella comenzaba a intuir un fondo más perverso, incluso intensamente maligno, que desbordaba y superaba en grado sumo lo que en un principio consideró mera demencia. Muchos acontecimientos pretéritos, a menudo incomprensibles o extravagantes, analizados ahora bajo la perspectiva de esta lúgubre sospecha, empezaban a cobrar una nueva dimensión que inducía en Catherine, cada vez más asustada pese a sus denodados esfuerzos por dominar las emociones, un sentimiento de auténtico pánico.    

Mientras su padre se aproximaba ante la nueva escultura funeraria, ella permaneció rezagada sin recibir instrucción alguna -ya comenzaba a estar familiarizada con el enigmático ritual- al tiempo que cavilaba sobre el inquietante sesgo de los últimos acontecimientos. Las extrañas visitas que tan esporádicamente arribaban en Saint Albans, sospechaba ahora la atemorizada hija con creciente convicción, se perfilaban como piezas sustanciales de aquella misteriosa confabulación que, lejos de limitarse a una erudita tertulia de bibliófilos empedernidos, círculo elitista que incluía a su propio padre, ocultaba propósitos mucho más aviesos. Ella era todavía incapaz de comprender con plenitud, y menos aún de explicar con un discurso racional e inteligible, el sentido último que ocultaban tan crípticamente aquellos simposios, sin embargo su aguda intuición le advertía de una omnipresente y latente maldad en las cómplices miradas de sus protagonistas. Las ocasiones en las que, siendo todavía muy joven, compartió mesa y mantel con aquellos huéspedes, presenció conversaciones acaloradas, debates enjundiosos y disputas apasionadas, ahora lo recordaba con sorprendente claridad, en las que, indefectiblemente, siempre concluían en una idea obsesiva y monotemática que hermanaba profundamente a los extravagantes contertulios. Catherine, haciendo un esfuerzo de rememoración, comenzó a rescatar de su memoria retazos de aquellas veladas en las que Edmund Forrester afirmaba la insólita posibilidad de leer todos los libros del mundo, beber en todas las fuentes bibliográficas generadas por la humanidad desde el descubrimiento de la escritura, acceder a una biblioteca universal que custodiaba todos los volúmenes, los pretéritos, los presentes e incluso los textos innatos del futuro. Ese templo intemporal, infinito y eterno donde se custodiaba toda la literatura imaginable, tanto la humana como la inhumana, ya fuera divina o diabólica, era anterior a la propia creación de la estirpe de Adán y seguiría existiendo tras el fin de los tiempos. Solo algunos privilegiados, pertenecientes a diferentes etapas históricas, habían conseguido entrar en tan singular y maravillosa estancia a través de una secretísima secta de iniciados que, de generación en generación, traspasaban las claves, herméticas, para ingresar en el exquisito y selecto círculo esotérico de la Biblioteca… -¿Cómo denominaba Forrester aquella fabulosa y mágica estancia?, intentaba recordar la joven dama, ¿de Alejandría, de Babilonia?,…¿cuál era el nombre, Señor? De semejante guisa se interrogaba Catherine buscando afanosamente una palabra que, ella lo sabía, permanecía velada pero indeleble en el fondo de su memoria infantil hasta que, por fin, se reveló en toda su plenitud: ¡Ah, ya me acuerdo, exclamó con vehemente exaltación, la Biblioteca de Babel! 
 
Y la dama pensó:

“Como era de esperar, la niña afina cada vez más en sus dubitativas reflexiones y, aunque con paso incierto, no cabe duda de que se aproxima con premura hasta el borde del abismo. Ese abismo, bien lo sé yo, que a todos nosotros atrajo fatalmente con su irresistible seducción hasta precipitarnos dentro de sus laberínticas y desoladoras entrañas. La reina sintió por un breve lapso un estremecimiento parecido a la compasión. ¿Y yo?, ¿queda en mí todavía un postrero pozo de misericordia? No lo sé, mas tampoco me importa mucho pues nada puede conmoverme ya en esta eterna y opresiva cárcel en la que está exiliada, con perpetuo decreto, la consoladora esperanza. Más allá de un ligero e imperceptible temblor, ¿quizás un liviano momento de algo parecido al interés?, mi hastío y cansancio es tan rotundo y demoledor como el de los otros. ¿Acaso ignoramos todavía, después de tanto tiempo, que toda acción es inútil y constituye a la postre un fracaso metafísico? No hay más ley que la del destino y solo los necios, por ignorantes o contumaces, osan negarlo. Así pues, asistamos impávidos, imperturbables e insensibles ante la danza fatal de esta delicada mariposa de la noche y ¡cúmplase la ley del karma!    


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