CAPÍTULO 19: En el Duomo de Palermo


La rememoración de aquella lejana conversación, mantenida antes de iniciar el primer peregrinaje, el que los condujo hasta la abadía de Fontevrault, le produjo un intenso y fulminante dolor pues las esperanzadoras expectativas que suscitaron en su día se trasmutaron, demasiado pronto pensó Catherine mientras desde la borda del barco contemplaba la aproximación a Palermo, en decepción, alarma y temor. Había constatado con creces la futilidad de aquella primera y lejana salida -¡Dios santo, ya han transcurrido cuatro años! musitó para sí misma la joven dama- que,  lejos de procurar distracción y alivio en la obsesión paterna, intensificó todavía más la demencia de Julius Wicliff. Máxime, cuando con el paso de los años y la reiteración recidiva de los insólitos viajes, se evidenció que aquel, el fundacional, fue tan solo la etapa inicial de una siniestra y metódica peregrinación que, coincidiendo todos los años con la estación invernal, se renovaba de manera sistemática con la visita a una nueva estancia funeraria. Para entonces Catherine ya conocía con precisión el absurdo e incomprensible ritual. Su padre le exigía que se detuviera pues, solo él, debía aproximarse a la tumba donde, ejecutando extrañas ceremonias, recitaba unas no menos misteriosas e inefables letanías, acompañadas siempre de profusas genuflexiones, reverencias y cabeceos, que a ella le producían tanto miedo como estupefacción. Tales sentimientos eran los que volvía a experimentar ahora, angustiada de nuevo, tras desembarcar en la ruidosa Palermo y dirigirse a la vetusta catedral para rendir pleitesía a otro miembro del odioso círculo de los muertos leyentes. ¡Dios mío, el cuarto ya! –murmuró la enlutada dama mientras se estremecía en la gélida cripta de la catedral normanda. Esta vez, sin embargo, la hija violó el autoimpuesto voto de silencio; incapaz de contener su aguda crispación, mientras Julius le daba la espalda para aproximarse ante la tumba de Federico de Antioquía, lo interrogó, toda azorada, desde la distancia: 

- Padre, ¿cuándo acabará esta pesadilla que te arrastra a la locura y a mí me asfixia en la desesperación?, ¿En cuántos viajes más debo embarcarme todavía para clausurar esta lúgubre lista de sepulcros? ¡Por lo más sagrado, papá, créeme, ya no puedo más! Dime, por Dios, ¿qué buscas en estos terroríficos recintos? 

Las angustiadas preguntas, no por esperadas desde hacía tiempo, dejaron de provocar en el anciano un agudo dolor. Cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas y, llevándose ambas manos a la boca, sofocó un imperceptible e incipiente gemido. Sin embargo, tras unos momentos de intensa incertidumbre, dubitativo aún, Julius decidió a la postre mantenerse incólume en su implacable mutismo. Él hubiera deseado en ese momento de intenso desgarramiento interior volverse bruscamente, retroceder sobre sus pasos y estrechar entre sus brazos a Catherine. Sin embargo, ocultando su rostro desencajado, siguió dándole la espalda a la hija aunque entre apagados balbuceos murmurase con amargura y un susurro inaudible: ¡Lo siento, mi querida niña, no puedo hablar!


Y el caballero pensó:

Ya están aquí, fieles al compromiso anual, puntuales ejecutores de los términos pactados, imperturbables en la liturgia ¿acaso diré liturgia de la palabra, tal como repiten todos los días los sacerdotes de este vetusto templo? Sí, la nuestra también es una liturgia del verbo, quizás maldita y execrable a ojos de los otros, pero no por ello menos vinculada a la palabra. Claro está que la nuestra no se limita a una sola, como la de los otros, que la adoran como sacrosanta, divina  y absoluta. Nosotros, en cambio, veneramos todas las palabras, las existentes, las que existieron, las que están por llegar, las imaginadas y las imaginables, el colosal y fabuloso torrente de vocablos producidos por los seres humanos. Todas sin excepción, desde las que se registraron en un trozo de barro, al principio de los tiempos, los tiempos fundacionales de la literatura, hasta la última que se inscriba, ya llegará ese aciago día, en el momento de la consumación. Nosotros no adoramos la Palabra, como los de arriba, sino que veneramos a todas ellas, en su inabarcable e infinita extensión. Estos dos lo sabrán cuando les llegue la hora, la hora de la tremenda y terrorífica plenitud, puesto está escrito, ¿acaso diré, con expresión tan fácil como vulgar, escrito con palabras de fuego? Yo sé que ingresarán en la orden, él ya lo ha decidido de forma consciente, pero ella también terminará por sucumbir. Eso también lo sé con certeza. Cada año vuela más cerca de la luminaria negra, el insondable abismo que a todos nosotros nos devoró.
 
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